Alma, Hospitales del alma, libro

Hospitales del alma

La vida es lo que te sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes, proclama acertando una de mis frases favoritas.

En mi caso, lo más recurrente, lo que impremeditadamente ha ido moldeando la trayectoria de mi vida, han sido los distintos destinos geográficos que una y otra vez he logrado transformar en hogar a lo largo de los años.

Una de las primeras cosas que busco al desembarcar en un nuevo destino son libros. En las bibliotecas de la nueva ciudad tiro las anclas, sabiendo que harán las veces de faro,  si fuese a perder el rumbo entre las caras y calles aun anónimas del nuevo lugar.

Como decía el poeta, o mejor dicho, como me lo recordara más de una vez la gran poetiza de mi vida, los libros son los hospitales del alma, y para mí son además una brújula hacia mi interior, me permiten siempre volver a encontrarme.

Fue en la tierra más árida de bibliotecas y librerías que nos ha albergado hasta ahora, en una ciudad de Medio Oriente que  apenas estaba desperezándose, dónde contra todo pronóstico, descubrí una brújula definitoria y potente que me dirigió directo al corazón de un sentimiento impreciso hasta entonces, y lo bautizó.

La brújula yacía plácida entre los estantes de la biblioteca de un colegio internacional, encarnada en libro. TCK, aparecía en negritas en la cubierta lateral donde mi índice se frenó por el alerta de interés activado en mi cerebro.

Third Culture Kids, o Jóvenes de la Tercera Cultura en su traducción al español. Crecer entre mundos, continuaba el subtítulo de portada. Su autor David C. Pollock, un sociólogo y escritor estadounidense. Me sorprendió comenzar su lectura descubriendo que ya en los años 50 se había acuñado el término que describía  esa pertenencia natural que sentí por primera vez a mis 20 años.

Fue una sensación de pertenencia que me pilló desprevenida entre los compañeros de mi primer trabajo. Allí coincidimos hijos de exiliados de las décadas de la dictadura militar argentina, hijos de diplomáticos, otros cuyos padres perseguían una carrera profesional que también incumbía trasladados, y algunos, quizás los que más voz y voto habían tenido en el proceso, que habían contado con la oportunidad de hacer intercambios de estudios en el extranjero.

Todos conocíamos de desarraigo, de vulnerabilidad, de adaptabilidad y de empatía. A partir de esas improntas en el alma, interpretábamos el mundo. Casi todos hablábamos dos o más idiomas como lengua madre y habíamos elegido como primer acercamiento laboral enseñar uno de ellos a otras personas. Sin poder puntualizarlo completamente en ese entonces, creo que entre nosotros sentimos una conexión que reconocía en el otro aquella identidad cultural común, la de la Tercera Cultura que me presentaba esa mañana Pollock.

En una cruza de retazos de cultura argentina y otros tantos de la cultura del lugar o lugares que nos habían acogido en nuestros años formativos, cada uno había nutrido la génesis de esa Tercera Cultura que nos empezó a definir. Una entidad en sí misma que no podía asimilarse enteramente a ninguna de las originarias.

Los TCK, continuaba el libro, con frecuencia desarrollan lazos con las culturas con las que conviven, sin llegar a sentir un predominio de ninguna en su interior. Si bien logran asimilar varios elementos de cada cultura y pueden llegar a desarrollar sentimientos nacionalistas, el sentido de real pertenencia se da en relación a otros que han vivido experiencias símiles, y no en relación a los miembros de una de las culturas específicas en las que han vivido.

La identidad irrefutable del pasaporte, del que, para agregar confusión a la ecuación,  un TCK suele poseer ejemplares de más de un país, no acaba de definirlos. Es una identidad que se rebela a ser configurada por un límite territorial. Los TCK se hallan en sintonía cultural plena sólo con otros TCK, y entre ellos se reconocen actores de una Tercera Cultura que utilizan como lente para vislumbrar el mundo.

Imagino a los TCK, como una isla cuyas partículas de suelo viajan diseminadas por el mundo pero que al encontrarse instintivamente se amalgaman y le dan visibilidad material a la isla que los reconoce como oriundos en cualquier país soberano del mapamundi.

En el espejo de aquel libro me distinguí claramente y a mi lado se fueron asomando las caras de ese grupo de amigos que el libre albedrío había arrimado a mi camino, y la de tantos otros que entraron en mi corazón desde entonces.

Los libros, a través de las manos que los tejen, tienen la capacidad de susurrarnos verdades sobre nuestra naturaleza de manada a la vez que tocan fibras íntimas de nuestra identidad personal. Nos encuentran y nos reconocen, se escabullen hasta que se entrelazan con nuestros dedos y hacen contacto. Al zambullirnos en ellos, nos incitan a dar un salto de fe hacia nuestra humanidad desde el vaivén provocado por las olas de sus palabras. Son en definitiva, un bálsamo perfecto para cualquier viajero que pierda el norte.

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